Hay autores (Gil Rapley, Elizabeth Pantley, Eduard Estivill) que, centrados en el aprendizaje de los hábitos de alimentación, rechazan el uso de los premios para favorecer que los niños/as prueben alimentos nuevos, especialmente el uso de los dulces, porque se consigue el efecto contrario al deseado, aumenta el rechazo al alimento. En el caso de usar dulces como premio, se potencia, además, el deseo del consumo excesivo, lo que no favorece una alimentación saludable.

Otros autores, defienden que “las recompensas funcionan cuando no son alimentos y cuando al niño le parece que verdaderamente se la merece”.(Bee Wilson).

Cuántas veces hemos dicho “hasta que no te comas el pollo, no sales a la calle”; “si  no te  terminas la sopa, no  habrá helado de postre”; “come las judías y te compro un paquete de cromos”.

Sin querer, con las afirmaciones anteriores, convertimos el momento de las comidas, en una especie de lucha, de combate, en el que se decide quién tiene el control de la situación.

En la cuestión que abordamos, premios sí o no, está en juego la manera de comunicarnos a la hora de aplicar las recompensas y el tipo de premios que usamos.

El discurso que empleemos a la hora de educar es clave: “como no te comas todo el pollo, no pruebas el helado”; el lenguaje, en este caso, transmite tensión, malestar, anticipa la expectativa de “problema” (“como no te comas el pollo”) y el tipo de premio (helado) puede volverse en contra si utilizamos los dulces de manera abusiva. 

“Cuando termines de comer, puedes ir al parque”.En este caso, empleamos un lenguaje que transmite confianza y refuerza la rutina; el premio es una recompensa de actividad que (junto a la afectividad y atención positiva de los padres) son las consecuencias que mejor facilitan el aprendizaje.

Debemos evitar frases del tipo  “si no te comes las lentejas, mamá no te quiere” usado para motivar que nuestro hijo/a coma,  empleadas como recurso,  probablemente, cuando los padres ya no saben qué hacer, agotados de probar diferentes estrategias; aquí el lenguaje nos traiciona y nos lleva a la batalla de la manipulación afectiva y por el control de la situación.

Bien aplicadas las consecuencias de actividad y de atención de los padres,  a la hora de la comida,  nos ayudan al cambio, como en cualquier otro aspecto de la conducta humana, no solo en relación a los hábitos de alimentación.  Pero, por otro lado, hay que tener en cuenta que el uso de premios no sirve de nada, si olvidamos la conexión natural que debe existir entre la necesidad de comer y la comida, entre el hambre-alimento.

El enunciado “es hora de comer, sírvete lo que quieras y deja lo que no te apetezca” (El niño ya come solo. Consiga que su bebé disfrute de la buena comida”. Gil Rapley y Trace Murkett) conecta claramente las ganas de comer del niño con la comida, y debemos asegurarnos de ello. Ahora bien, el método ACS, que defienden estos autores (“aprender a comer solo”) evita la cuchara, introduce sólidos a partir de los 6 meses, manteniendo la lactancia materna o biberón.  En esta línea se sitúan los autores Jane R. Hirschmann y Lela Zaphiropoulos (¡Tengo hambre!) para los que uno de los principios fundamentales en el aprendizaje de hábitos de alimentación  es que los niños coman “cuando tengan sensación física de hambre”.

Si le decimos a nuestro hijo que vamos a jugar con él cuando termine de cenar, por muy motivador que sea el juego con papá y mamá, no será fácil que cene lo que le hemos preparado, si previamente se acaba de comer en el parque  una bolsa de gusanitos y unas cuantas chuches, por ejemplo.